Abogados saharauis el rostro de la justicia

Por Isabel Lourenço  (Observadora Internacional – Colaboradora de PUSL) / Jornal Tornado

Ser abogado en Marruecos no es fácil, no debido a la dificultad del curso, ni de encontrar clientes, es difícil porque la justicia, la ley en el papel no es la aplicada en la sala del tribunal.

Defender a los presos políticos saharauis es algo que ningún abogado anhela en Marruecos, donde el código penal mantiene la prisión como una pena por una variedad de ofensas de expresión no violentas implementadas por muchos años, como cruzar las “líneas rojas” de Marruecos: entre ellas ” “atacar” el Islam, la monarquía, la persona del rey y la familia real, e “incitar contra la integridad territorial de Marruecos”, una referencia a la soberanía que Marruecos defiende tener sobre el Sáhara Occidental. Incitar puede ser algo tan simple como decir públicamente Sáhara Occidental en vez de la terminología impuesta por el estado “provincias del sur” o “Sahara Marroquí”.

Los abogados que tienen el coraje de hacerlo sufren amenazas, insultos y problemas de todo orden, sobre todo si viven en los territorios ocupados del Sáhara Occidental y son saharauis, es el caso de Bachir Rguibi Lahbib, Mohamed Boukhaled, Bazaid Lehmad y Mohamed Fadel Lili.

Hace algunos años a esta parte los presos políticos saharauis fueron trasladados de los territorios ocupados a prisiones en el interior del reino de Marruecos una clara violación del Artículo 76 de la 4ª Convención de Ginebra. Esta nueva realidad obliga a los abogados a recorrer cientos de kilómetros para poder ver a sus clientes en la cárcel o defenderlos en un tribunal en un país donde los juicios llegan a ser postergados consecutivamente y donde los saharauis no tienen medios para pagar a sus abogados, todo son obstáculos acrecentados.

En las decenas de sesiones de juicio a las que asistí fui testigo directo del coraje de estos hombres, que a pesar de todos los peligros que enfrenta siguen defendiendo a aquellos que sin haber cometido otro crimen que no fuera el de defender de forma pacífica el derecho de su pueblo a la autodeterminación son víctimas de detención arbitraria, torturas y sentencias que llegan a la prisión perpetua.

Mohamed Fadel Leili

Uno de estos abogados es el Dr. Mohamed Fadel Leili, ex preso político, secuestrado durante 16 años en prisiones secretas donde sufrió torturas inimaginables. El Dr. Leili se licenció en Derecho después de su liberación y años más tarde hizo el doctorado en Derecho Internacional, especializado en conflictos de fronteras en África ante el Tribunal Internacional de Haya.

Conoce bien el sistema judicial marroquí por dentro de las prisiones y en las instancias judiciales.

Es usual que tenga todas las pruebas necesarias para probar la inocencia de sus clientes, pero éstas nunca se toman en consideración, en la mayoría de los casos ni siquiera se admiten.

Las acusaciones son siempre desproporcionadas con sentencias largas y largos tiempos de espera entre la detención y el primer juicio.

La tortura acompaña la detención, y se prolonga muchas veces después de la sentencia, una metodología con la que Marruecos piensa que intimida a la población saharaui, pero que sólo sirve para que el sentimiento de revuelta ante la injusticia aumente y la frustración con la comunidad internacional que no es capaz de aplicar las resoluciones de las Naciones Unidas en la última colonia de África.

Este es su relato sobre los dieciséis años de desaparición forzada dada en una entrevista de Blanca Enfenda de La Marea y publicada en enero de 2015.

Mi familia vivía en Tan Tan, pero mi hermano y yo habíamos ido a Kenitra, para estudiar en el liceo, porque en Tan Tan estábamos recibiendo amenazas. Mi tío vivía en Kenitra y, aunque estuviéramos internados, los fines de semana podíamos visitarlo. Pero en enero de 1976 arrestaron a mi hermano en una oleada de desapariciones forzadas contra los saharauis. Mi padre, mi madre, mi tío y mi tía desaparecieron el 27 de febrero de 76. Yo tenía 16 años y, aunque no supiera de mi familia, había recibido información que garantizaba que estaban en la comisaría de la policía de Agadir “

Fadel Leili fue llevado a la prisión (entonces secreta) de Derb Moulay Cherif, junto con opositores al régimen y presos políticos. De ese lugar recuerda la ropa que le obligaron a vestir, llena de pulgas y mucho más grande que él, de tal modo que tenía que andar siempre sujetando los pantalones largos con las manos. En ese lugar también perdió su nombre, lo cambiar a 79 o 97, no recuerda bien.

Los guardias también eran deshumanizados, no se sabía su nombre, había que llamar a todos “El Hash”, Jefe, siempre que era necesario. En Derb Moulay Cherif probó el sabor de la tortura, largas sesiones en las que es interrogado sobre el Frente Polisario. Procurando sacar información sobre la estructura de la organización, le preguntan por El Ouli Mustafa Sayed y otros dirigentes del Movimiento de Liberación, entre ellos, otro de sus hermanos: Mohamed Lamin Ahmed. “¡Claro que los recordaba! Vinieron a mi casa, pero yo no pasaba de un niño sin ideas políticas “, recuerda.

Su siguiente destino fue la prisión secreta de Agdez, a donde iban a parar la mayoría de los saharauis con estudios superiores o, como él, que aún estaban en el Liceo. Apresaban gente de forma aleatoria, no por su relación entre sí, sino gente que podía construir un movimiento de resistencia a la invasión. Recuerda el día del cambio de prisión como si fuera hoy. “Ochocientos kilómetros en furgoneta, bajo un sol abrasador de julio de 1976. Éramos diez jóvenes, esposados y vendados.Vi un atisbo de humanidad en uno de los guardias que transgredió la prohibición de darnos de comer o de beber cuando nos dio un trago de agua a escondidas. Nos recibieron con torturas y nos registraron. Entonces tuve primera sorpresa. “Mientras me registraban leí en francés que en el registro de salidas sólo había muertos. Es entonces que comprendí que estamos allí para morir “. Como afirma el médico y psicólogo forense Carlos Beristain, “los procesos represivos son muy burocráticos”. Hay siempre abundante documentación que testimonia la cantidad y calidad de daños infligidos al enemigo.

Es en Agdez donde consigue ver por un ventanuco de la celda pasar a su hermana, a su madre y a su tía, y más tarde a su padre. “Sentí alivio por no estar solo, necesitaba la familia”.

Celdas de 5 o 6 metros cuadrados para diez personas. Habitáculos vacíos con un suelo irregular donde irrumpen grandes piedras. Mantas del tamaño de una servilleta o pañuelo para pasar las frías noches del desierto. Platos oxidados que contienen agua caliente con una gota de aceite, en la que flota el óxido o un poco de zanahoria tan grande como la punta de un dedo. Por la tarde, una papa de cereales que se pone negra en contacto con el óxido. La anemia se instala en los cuerpos de los presos. “Perdían la capacidad de caminar, tenían los músculos debilitados. Los dientes caían y las encías estaban en carne viva, hubo muchos muertos por desnutrición. Entonces optaron por darnos cuatro o cinco racimos de datiles por día. Pero se los dábamos a los enfermos “. “Un día nos dieron arroz, pero un viejo reparó que junto con el arroz había también pequeñas agujas y dio la voz de alarma. La alegría se convertió en pesadilla.

La muerte sobrevuela Agdez. Los guardias les permiten realizar el rito musulmán con los cadáveres de los compañeros. Nos lavan, nos envuelven con sábanas blancas y rezan por sus almas. Cada vez que los guardias llevan un cuerpo vuelven a entregarnos las sábanas y dicen “estos son para ustedes”. Cada vez que un preso muere torturan otro para desviar la atención de los vivos. La urgencia del sufrimiento les hace olvidar al que ya se ha ido. “Los guardias rompen la columna vertebral de los cadáveres y echan ácido en sus caras para que no puedan ser reconocidos si alguien viene a descubrir la fosa”.

¿Cuál era el plan de las autoridades marroquíes? “Los guardias nos cuentan que al principio vino el gobernador de la zona, Ouarzazate, y dio órdenes para que los presos muriesen lentamente, fuesen enterrados los cuerpos y que los centinelas que ayudasen a los saharauis fuesen duramente castigados”.

Los guardias no habían sido entrenados (en una referencia a la formación en torturas que la CIA promovió). Los guardias de Agdez dan palizas sin control, sin técnica, con palos con picos, con hojas grandes de palmera, con botellas de vidrio … Son dos o doce guardias al mismo tiempo.

A pesar de todo esto, Mohamed Fadel Leili y su familia sobreviven para conocer otra prisión: Kalaat M’Gouna. “La noche más dura de mi vida”, describe rotundo, sin vacilación. Es el mes de octubre del año 1980. En la caja de cada camión van atadas 25 personas, todas con el mismo rollo de cuerda, para que cada movimiento o estremecimiento apriete más los nudos de los demás. “Los militares pasan por encima de nosotros, nos agreden con la culata de las escopetas en la cabeza y en las rodillas. Al llegar cortamos la cuerda y los tiran de bruces del camión hacia el suelo. Un compañero muere de hemorragia interna. En Kalaat M’Gouna, las pequeñas mejoras que habíamos logrado en Agdez se desvanecen “.

¿Y la familia? También habían sido trasladados allí, les dan diez minutos por semana para encontrarse. Normalmente, en las celdas permanecen atados de manos y pies a cuatro personas. Un nuevo miembro del clan llega a la cárcel, su hermano menor, detenido en 1983. “Un guardia un día le dice a mi madre que tiene un regalo para ella, y la lleva a encontrarse con ese hijo, camino de la sala de tortura”. Están juntos en una sala llena de soldados. El hijo no conoce a su madre, pero después de unos momentos en que ella le cuenta recuerdos de infancia, él mejora, sonríe, se liga a la realidad. Cuando los guardias se dan cuenta, lo llevan.

Y así sobrevivió a su familia, hasta su liberación.

En 1991 Marruecos libera a 300 presos saharauis, entre ellos Mohammed y su familia. Los llevan a El Aaiún donde llegan al mediodía. Durante la noche fallece su padre, después de 16 años en prisiones.

Aquí termina el paréntesis, pero no termina el dolor. Con 32 años regresa al Liceo, compartiendo las carteras con jóvenes de 16 años. Después de pasar por muchas penurias económicas, accede a la Universidad de Marrakech.

Sin embargo, su hermano menor, que había mejorado psicológicamente gracias a un tratamiento médico, desaparece. La familia emprende su búsqueda por las comisarías de la policía, por los hospitales … Hasta que Mohammed llega a la morgue.

Me dicen que sólo hay un cuerpo, que es de un marinero llamado Omar. Pero quiero verlo, es mi hermano. Afirman que murió ahogado cuando hacía natación. Que se desvistió, dejó su reloj en las zapatillas y luego el mar lo devolvió junto con la ropa. Su camisa denunciaba marcas de pintura, una sandalia estaba rota, tenía señales de estrangulamiento … “

En 1996 se licenció y en el 97 aprobó su examen de acceso a la abogacía. En 2003 obtiene el título en Derecho Internacional, y posteriormente se doctora en ese ámbito, especializándose en conflictos de fronteras en África ante el Tribunal Internacional de La Haya. “Hoy prosigo con mi promesa de defender a los saharauis que sufren torturas. Formo parte de un equipo de abogados que trabaja de forma voluntaria”.

El papel de Mohammed Fadel Leili, y de sus tres compañeros, es considerado como determinante por los miembros de las asociaciones saharauis de Derechos Humanos. En 2011 recibieron el premio de la Fundación Abogados de Atocha, un premio que el Consejo General de la Abogacía Española se comprometió a impulsar a través de un convenio suscrito el pasado mes de mayo.

Nadie mejor que este equipo de cuatro abogados saharauis, tres de los cuales fueron víctimas de desapariciones forzadas y tortura, puede entender el sufrimiento de las personas que defienden.

“No nos gusta nada del sistema jurídico, pero tenemos la obligación de controlar todas sus facetas. Sufrimos cuando vemos injusticias por el único motivo de ses los acusados saharauis. Los jueces marroquíes cometen un delito cuando alteran el derecho que se debería aplicar aquí. Nuestra experiencia como equipo de abogados es importante, la usaremos cuando dibujemos nuestro propio sistema. Cuando el Sahara sea libre “.

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