CONVERSACIONES SOBRE GDEIM IZIK (1): “Preguntamos a la familia Haddi por el estado del preso”

Mohamed Lamine Haddi, preso político saharaui del Grupo Gdeim Izik

Mohamed Lamine Haddi, preso político saharaui del Grupo Gdeim Izik

Por Elisa Pavón Mulero / El Sahara de los olvidados
Son un grupo de 25 hombres saharauis. Les conocen como Los héroes de Gdeim Izik y son el estandarte de la lucha saharaui por la justicia y la libertad. 22 de ellos arrastran condenas de entre 20 años y cadena perpetua; 2 están en libertad tras haber cumplido la pena impuesta y el último vive en España, donde se encontraba cuando fue juzgado en rebeldía y condenado a toda una vida en la cárcel.

Dos horas de conversación con el hermano de uno de los presos políticos del grupo Gdeim Izik me hacen entender que el sufrimiento no tiene grados cuando se persigue un fin conjunto, la libertad del Sahara Occidental, y que el suyo -como el de las familias de los demás condenados- se apoya en una reivindicación justa que no halla apelaciones en este mundo interesado, donde se priorizan otras cuestiones por encima de los Derechos Humanos.

Se llama Mohamad Ali Haddi y es uno de los once hermanos del preso político saharaui Mohamed Lamine Haddi. Desde El Aaiún, con una conexión lenta y algunos problemas con el idioma, logramos entablar una conversación en la que me interesa más saber cómo se encuentra hoy Mohamed Lamine Haddi que volver a contar por millonésima vez la épica hazaña de Gdeim Izik, la mayor manifestación pacífica llevada a cabo por los saharauis en los territorios ocupados por Marruecos, en la que fueron capaces de instalar un campamento similar al que mantiene a 160.000 saharauis en el exilio, refugiados en el desierto argelino en Tindouf.
Y me dice “están bien, con el espíritu muy alto. Es una injusticia pero por la libertad del Sahara Occidental banalizan su sufrimiento”. Así, Mohamad Ali me enseña que no hay preso saharaui distinto de otro, que todos están encarcelados por lo mismo, por su activismo, y que no hay palabras para describir tantos sentimientos que esta situación desata entre las familias y en todo el pueblo.
El 10 de octubre de 2010 se inició el Campamento de la Dignidad, Gdeim Izik, a 15 km de la capital saharaui, El Aaiún. Casi un mes de demostración de unidad, convencimiento y lucha por sus derechos civiles, sociales, políticos y económicos, que nada tenía que ver con la independencia territorial, en la que los integrantes no se cansaron de repetir que sólo pedían acceso a una vivienda, puestos de trabajo, educación para sus hijos y derechos a los recursos naturales de la zona -fosfatos y banco pesquero-, cuyos beneficios todavía les están vedados. Sin embargo, las fuerzas policiales y militares marroquíes, que mantenían cercado el campamento, intervinieron en la madrugada del 8 de noviembre de 2010 para desmantelar por la fuerza el Gdeim Izik, con una inusitada e innecesaria violencia desatada sobre hombres, mujeres y niños. Con un balance terrible de víctimas y un campamento literalmente arrasado, se produjo una reacción sin precedentes, que se calificó de “ira extrema”.

El desmantelamiento y los acontecimientos sucedidos en los días posteriores marcaron un antes y un después en el desarrollo del conflicto del Sahara y en la situación de vulnerabilidad de los Derechos Humanos de los saharauis. Aquellos hechos abrieron el saco de las excusas que les han servido desde entonces a las autoridades marroquíes para justificar lo injustificable.
El 17 de febrero de 2013, tras 9 días de proceso judicial, el Tribunal Militar de Rabat condenó a 25 civiles por estos hechos, en un juicio que internacionalmente se considera nulo de pleno derecho, por haberse juzgado a civiles ante una corte marcial, sin pruebas y sin garantías procesales para los encausados. Antes de iniciar su declaración testimonial.

Mohamed Lamine Haddi se sorprendió de las acusaciones que pesaban sobre él. Como sus compañeros, sufrió torturas, vejaciones y malos tratos durante los días de detención y los años en la cárcel esperando la celebración del juicio, dirigidas a la obtención de confesiones bajo coacción. Por eso, avisaba a los presentes que su salud no le permitía hablar mucho.

Él fue detenido el 20 de noviembre de 2010 en El Aaiún por efectivos de la policía secreta marroquí y denunciaba en su argumentación que “venía siendo acosado desde que, en septiembre de 2010, participó en un coloquio internacional en Argelia”. Explicó Mohamed Lamine que “los golpes eran más fuertes si se negaba a pronunciar «Viva el rey» o a entonar el himno marroquí”. Los observadores internacionales que asistieron al juicio militar sostienen que la detención de Mohamed Lamine Haddi está más vinculada a la asistencia que prestó a dos doctoras belgas (Marie Jeanne Wuidad y Ann Colier), que viajaron a la capital saharaui para atender a los heridos de Gdeim Izik como voluntarias, aunque fueron expulsadas por las autoridades marroquíes.
“25 años de prisión son muchos”, asegura su hermano Mohamad Ali Haddi. “No podemos hacer otra cosa que denunciar ese juicio injusto y apelar al movimiento internacional para que nos sigan ayudando”. Son 7 hermanos y 4 hermanas en la familia. Sus padres, Ahmed Salem y Meinna, agradecen cada apoyo y transmiten un dolor intenso al ver y sentir cómo su hijo de 34 años, consume sus años en una cárcel marroquí a más de 1.200 km de su ciudad natal, El Aaiún. Mohamed Lamine cumple condena en la prisión de Sale 2, cerca de Rabat y su hermano asegura que “el recuerdo es permanente y la impotencia, enorme”, si bien él tuvo la oportunidad de viajar el pasado mes de mayo a visitar a su hermano al centro penitenciario.
“Le encontré moralmente fuerte, aunque físicamente no. En la cárcel, el frío y la humedad merman su estado de salud y les produce dolores en los huesos y las articulaciones, muy dañados por las torturas”, comenta Mohamad Ali. Cuando pregunto por la asistencia médica que recibe, afirma de modo contundente: “Mohamed Lamine no confía en los médicos de la cárcel, porque en mayo de 2011 uno de ellos le dio una paliza que nadie investigó”. Ni quiere recibir visitas médicas, ni acude a pedir asistencia, pese a que la necesita y más ahora, que en poco más de un mes y medio, los presos políticos del grupo Gdeim Izik han protagonizado tres huelgas de hambre para llamar la atención sobre sus reivindicaciones, que se centran en la petición de una revisión individual, imparcial y exhaustiva de sus respectivos expedientes judiciales; la investigación de sus denuncias de torturas, con depuración de responsabilidades y responsables; y una mejora de las condiciones de vida en la prisión, donde el hacinamiento en las celdas, la falta de higiene y la privación de derechos básicos están a la orden del día.
Aun así, Mohamad Ali Haddi asegura que su hermano, como todos los demás presos, “es uno más que sufre la distancia y la injusticia, pero sabe que su lucha es por la libertad y la independencia del territorio. Son fuertes y cuando hablamos, se preocupan más por sus familias y por mandarnos mensajes de aliento para continuar  hasta la victoria final”.
Nos despedimos con el mismo ruego: Ojalá que su sacrificio no sea en vano.
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